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Mostrando entradas de enero, 2009

Dudu, corazón de acero (II)

Dudu, pasando cuatro kilos, empujó su silla de ruedas hasta el servicio de caballeros. Pero una vez dentro, no oyó la puerta cerrarse tras de sí. Al volverse, vio a uno de los pijos colarse en aquel habitáculo lleno de meados y papel higiénico mojado en el suelo. –Eh, ¿qué pasa? ¿No ves que está ocupado? –exclamó Dudu. El pijo sacó su móvil, pulsó un par de botones y lo colocó cuidadosamente en el suelo apoyándolo en la pared con la inclinación adecuada para grabar a Dudu. El muy hijo de puta llevaba la careta de un cerdo. Era un cerdo de Lacoste. Y el cerdo llevaba un cuchillo de los que cortan. –Ahora me la vas a chupar y voy a acabar en tu culo. ¿Qué te parece, tullido? Porque si no, te voy a rajar el pescuezo. Dudu. A su madre le parecía un diminutivo precioso, aunque su padre siempre lo llamaba por su nombre, Eduardo, porque le inspiraba nobleza y carácter. Su Eduardo. Dos sucesos marcaron su vida para siempre: uno, el accidente de moto; el otro, la operación. Ya ves, un defecto c...

Dudu, corazón de acero (I)

A Dudu no le gusta Operación triunfo y lleva una camiseta de Sepultura con un dibujo to guapo. Dudu es un tío especial. Echado en la cama, escucha en sus auriculares el disco negro de Metallica que le ha grabado su hermano y se pregunta si este año que entra perderá la virginidad.  ¡Esto sí que mola! ¡No el Load , que es una mariconada!... La virginidad... Pero tiene que ser con una tía que mole, no de esas que pierden el culo por el Bustamante. Si le hubiera tirado a la Sandra en su momento… Era la chica perfecta, una diosa, una valquiria del Valhalla. Pero ahora se ha echado un novio gafapasta de esos con jersey de rombos, con su moleskine y todo. La Sandra ya se ha echado a perder, escucha otra música, sale con otra gente. Solo Dudu y unos pocos seguían fieles a lo que eran. A ver, a ver… ¿dónde coño estaba eso? Dudu sacó una carpeta cuidadosamente forrada y cubierta de recortes de todos sus grupos: el tío de Manowar pisando banderas, una calabaza de Helloween, Kai Hansen levant...

Los globos van al cielo

Son las nueve y cuarto de la mañana y el tiempo corre leeeeeento… Entre cada tic y cada tac vienen a mi mente miles de cosas qué hacer durante el laaaaaargo día que tengo por delante, pero ninguna más importante que degustar esta taza de café. Las pantuflas me hacen sonreír. He descubierto que la lentitud de las agujas del reloj se debe a mis pantuflas, que no necesito un DeLorian para jugar con el tiempo, y mientras siga con ellas puestas no tengo nada que temer. Y es que las prefiero a mis nuevas Converse negras de sesenta euros en las rebajas (¿rebajas?), porque en mis pantuflas sale Homer Simpson y porque pueden parar el tiempo, como Hiro. Las Converse son como un  preparados, listos ya del que ahora mismo no me apetece hablar porque se me jode el café. ¿Por qué siempre asociamos conceptos intangibles con cosas simples y cotidianas? Para entender mejor, supongo; pero luego, cuando simplificas demasiado nadie te entiende. Y aquí viene como anillo al dedo lo que decía, creo qu...