Sueños cumplidos

Era la primera vez que Papafrita lloraba en mucho tiempo. Por fin se había sacado su diploma de astrofísico con mucho dolor de cabeza. Había tardado quince años pero, qué cojones, ahora podía ir al pueblo y decirle al padre con espumarajos en la boca: "Mira, viejo, tengo mi título, ¡que te den por culo!", dar un portazo y correr gordo y desnudo a tirarse en la alberca a lo albóndiga.

En el bar, estaba que no cabía en sí. Si hasta se costeó una fanta con aire orgulloso.

También se tomó una aspirina.

Fardó ante sus primos mientras le daba risa de hiena y se le salían los mocos. Les enseñó su título firmado por el rey y les contó que un día viajaría a Plutón.

En ese momento, los mandó a callar para concentrarse muy fuerte, porque en la tele decían algo de que el país llevaba ya tres años en crisis y que bastantes problemas había ya como para explorar los astros.

Tomó una segunda aspirina.

El Papafrita era un gordo cafre; era como un trol perfumado en mocasines que se había leído a Proust y tenía un título de astrofísico que se lo había sacado de memoria pero, sobre todo, era buen amigo de sus conocidos ocasionales.

Y llevaba ya un mes con dolor de cabeza.

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