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Mostrando entradas de marzo, 2008

El chocampiro

Bueno, como sabéis, me gusta hablar de personas y seres inquietantes, un tanto peculiares, pero a este no creo que lo conozcais; mi homenaje es para Álvaro, el Chocampiro . El niño era negro, aunque sus padres eran blancos y cuando se reía dejaba asomar sus colmillos puntiagudos. Sus miembros eran finos y alargados, el tío tenía porte como de mantis religiosa y además tenía pelopicha. Pese a que hace una eternidad que no mantenemos el contacto, aún hoy nos seguimos acordando de él. Además de jugar al juego aquél de las Tinieblas de la noche, que con él era para cagarse, recuerdo como en casa de Juanma, su pasatiempo favorito era rebuscar en el cajón de las bragas de su hermana Rocío.  También recuerdo que después de comer, el padre de mi amigo tenía como hábito sentarse en el trono un rato y la situación era tal cual: (Toc, toc) — ¿Qué pasa? — Don Juan Manuel (siempre con educación) , ¿está usted cagando? — Álvaro, vete por ahí, coño. — Jijijiji... Según dicen, ahora es un hombre d...

Autoscopia

Cuando quise darme cuenta, me encontré mirando toda la escena desde el techo. Sin embargo, no todo yo estaba allí arriba, ya que aún sentía cómo cortaban y golpeaban mi cuerpo. Seguía sintiendo dolor, pero amortiguado. Era como si alguien hubiera acolchado un martillo y me golpeara con él. La imagen no es fortuita: me estaban partiendo las costillas. La intervención quirúrgica se prolongó durante tres horas. El perfil de mi cuerpo era borroso... La herida propiamente dicha era un vacío total. Tuve la impresión de que no era lo bastante valiente para observar mi propio cuerpo. Y siento que desaparece, donde cada parpadeo es un fundido en blanco y los sentimientos se me muestran desnudos, el tiempo. Debe de ser lo más parecido a la PAZ. Sin dolor, solo amor; un estado del alma hasta ahora desconocido. Inexplicable. Ahora me doy cuenta de que la vida corriente no es más que una cárcel donde nos creemos libres, donde procesamos lo que llamamos realidad con un cerebro minúsculo y ridículo. ...

Hijo de puta

De pequeño coleccionaba cromos de monstruos... Faltaba el peor de todos: el hijo de puta, el humano. Salía gente como Jack el Destripador, pero yo hablo de ese que vemos por la calle a diario y que burla todas las alarmas de un sistema de detección bastante rudimentario, pues el hombre aprende a moverse magistralmente entre la locura y la cordura, el bien y el mal. Mata por causas "justas", hace daño y luego sonríe hipócritamente, miente. La inteligencia es el arma más poderosa que tenemos para sobrevivir en esta lucha que es la evolución de las especies, donde impera la ley del más fuerte. Hasta que un día venga uno más hijo de puta que él, por mutación o del espacio exterior, quién sabe, aunque ya es difícil. Música: Ministry - Señor Peligro

¿Hacia dónde vas?

A Beppo le gustaban estas horas antes del amanecer, cuando la ciudad todavía dormía. Le gustaba su trabajo y lo hacía bien. Sabía que era un trabajo muy necesario. Cuando barría las calles, lo hacía despacio, pero con constancia; a cada paso una inspiración y a cada inspiración una barrida. Paso-inspiración-barrida. Paso-inspiración-barrida. De vez en cuando, se paraba un momento y miraba pensativamente ante sí. Después proseguía: paso-inspiración-barrida. Mientras se iba moviendo con la calle sucia ante sí y limpia detrás, se le ocurrían pensamientos. Pero eran pensamientos sin palabras, pensamientos tan difíciles de comunicar como un olor del que uno a duras penas se acuerda, o como de un color que se ha soñado. Después del trabajo cuando se sentaba con Momo, le explicaba sus pensamientos. Y como ella le escuchaba a su modo, tan peculiar, su lengua se soltaba y hallaba las palabras adecuadas. — Ves Momo —  le decía, por ejemplo — , las cosas son así: a veces tienes ante ti una ca...

El presagio de un acto canibal

Cuando todos nos hubimos tranquilizado, nos pusimos a mirar la nave que se alejaba, hasta que se perdió de vista. El tiempo empeoraba y soplaba un ligero viento. En el preciso momento en que el buque desapareció en el horizonte, Parker se volvió hacia mí con una expresión en la cara que me dio escalofríos. Tenía un aire de seguridad y entereza que nunca le había observado. Antes de que despegara los labios, yo tenía el pálpito de lo que iba a decirme. En una palabra, insinuó que uno de nosotros debía morir con el fin de salvar a los demás. […] El rostro de Richard Parker me hizo comprender que yo me había salvado y que la muerte lo había elegido a él. Caí desmayado en el puente. Me recobré a tiempo para contemplar la consumación de aquella tragedia y la muerte de quien fuera su principal instigador. No ofreció la menor resistencia. Peters lo apuñaló por la espalda y cayó muerto instantáneamente. No quiero ser prolijo en la espantosa comida que siguió. Cosas así pueden ser imaginadas, p...